Señor De Los Milagros

INTRODUCCION

 

Este Libro contiene la liturgia que se debe seguir en cada una de las celebraciones de los sacramentos de la iglesia. Pedimos a los sacerdotes, diáconos y ministros  observar el Espíritu y la letra de todo cuanto aquí está estipulado para predicar y celebrar el amor de Dios con gozo, fe, alegría en cada una de nuestras celebraciones litúrgicas.

 

Cada una de las celebraciones debe tener una preparación adecuada, una celebración digna y una expresión de lo que CREEMOS, VIVIMOS Y PREDICAMOS en Cristo Jesús, Sacerdote de la Nueva Alianza.

 

Siguiendo los cánones y enseñanzas de los apóstoles y primeros padres de la Iglesia hacemos constar que: La Iglesia Católica Antigua es miembro constituyente de la Iglesia Una, Santa Católica y Apostólica fundada por Nuestro Señor Jesucristo, la cual une a todos los cristianos a través del mundo y de la historia, y que está por encima de toda denominación.

 

Esta Iglesia se adhiere fielmente a las Sagradas Escrituras, a las declaraciones y fórmulas ecuménicas de la Iglesia Universal, hechas por los Concilios de Nicea, Constantinopla, Éfeso y Calcedonia, y doctrina y normas de la Declaración de Utrecht (Holanda) del año 1889.

Los Sacramentos

Hay en la Iglesia siete sacramentos: Bautismo, Confirmación o Crismación, Eucaristía, Penitencia o Confesión, Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio.

Nos “Adheridos a la doctrina de las Santas Escrituras, a las tradiciones apostólicas y al sentimiento unánime de los Padres”, profesamos que “los sacramentos de la Nueva Alianza fueron todos instituidos por nuestro Señor Jesucristo” (2 Pedro 1, 16-21).

Los sacramentos, como “fuerzas que brotan” del Cuerpo de Cristo (cf. Lc. 5,17; 6,19; 8,46) siempre vivo y vivificante, y como acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia, son “las obras maestras de Dios” en la nueva y eterna alianza.

Por el Espíritu que la conduce “a la verdad completa” (Jn. 16,13), la Iglesia reconoció poco a poco este tesoro recibido de Cristo y precisó su “dispensación”, tal como lo hizo con el canon de las Sagradas Escrituras y con la doctrina de la fe, como fiel dispensadora de los misterios de Dios (cf. Mt 13,52; 1 Co 4,1). Así, la Iglesia ha precisado a lo largo de los siglos, que, entre sus celebraciones litúrgicas, hay siete que son, en el sentido propio del término, sacramentos instituidos por el Señor.

Cristo envió a sus Apóstoles para que, “en su Nombre, proclamasen a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados” (Lc. 24,47). “De todas las naciones haced discípulos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19). La misión de bautizar, por tanto la misión sacramental está implicada en la misión de evangelizar, porque el sacramento es preparado por la Palabra de Dios y por la fe que es consentimiento a esta Palabra:

El pueblo de Dios se reúne, sobre todo, por la palabra de Dios vivo… necesita la predicación de la palabra para el ministerio de los sacramentos. En efecto, son sacramentos de la fe que nace y se alimenta de la palabra” (Hech. 2, 42-47).

 

Los sacramentos están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios, pero, como signos, también tienen un fin instructivo. No sólo suponen la fe, también la fortalecen, la alimentan y la expresan con palabras y acciones; por se llaman sacramentos de la fe” (1 Cor 11, 17-34; Santiago 1, 26-27; Tes. 3, 12-13). La Iglesia celebra el Misterio de su Señor “hasta que él venga” y “Dios sea todo en todos” (1 Co 11,26; 15,28). Desde la era apostólica, la Liturgia es atraída hacia su término por el gemido del Espíritu en la Iglesia: “¡Maranatha!” (1 Co 16,22).

 

La liturgia participa así en el deseo de Jesús: “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros…hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios” (Lc. 22,15-16). En los sacramentos de Cristo, la Iglesia recibe ya las arras de su herencia, participa ya en la vida eterna, aunque “aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del Gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo” (Tít. 2,13). “El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven!… ¡Ven, Señor Jesús!” (Ap. 22,17.20).

 

Con mi bendición,

Obispo Angel Velandia, ICD

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Autor entrada: diocesis